La culpa compartida en 3

Por Adolfo TéllezIMG_20150727_131137

Una de las problemáticas que más afecta a la población cubana es el transporte, el Estado no posee la capacidad de suplir íntegramente esta necesidad en ninguna de las provincias del país, por lo que el sector privado, llamados “cuenta-propistas”, han tomado de las manos este renglón económico a través de la transformación de camionetas, camiones y máquinas americanas para la transportación de personas, en ocasiones en pésimas condiciones y de forma insegura, al montar en estos aparatos museables más peso de lo que requieren.

Igualmente en territorios llanos como Granma y Camagüey, el transporte de tracción animal a través de careta y coches hacen del viaje más factible, y en la rebelde Santiago de Cuba la implementación de las motos se ha convertido en la plaga necesaria aunque costosa al valer cada pasaje 10 pesos, y hasta 20 según el trayecto. Ellos son los que mayormente sustentan el traslado de las personas a sus trabajos, a las  escuelas, y a su quehacer diario.IMG_20150727_131015

Entonces ¿qué le queda al Estado cubano?

Los ómnibus de pesetas que pasan de Pascua a San Juan”, las llamadas Dianas que cuestan 1 peso y son tan molestas y pequeñas como las antiguas Girones (aún en explotación), los ómnibus escolares o de marca Yutong de 3 pesos y los taxis ruteros de igual costo.

Pareciera que el pueblo cuenta con un gran cúmulo de transporte estatal, pero no es así. En una provincia como Santiago de Cuba es insuficiente, y para colmo mal distribuido ya que existen rutas como la del Distrito Abel Santamaría hasta Plaza de Marte (ruta 101) donde hay mayor número de guaguas de pesetas y de grandes dimensiones; sin embargo vías como la del poblado el Caney hasta Plaza de Marte, o Reparto Versalles hasta Quintero, o el Poblado de Boniato hasta el parque Abel Santamaría, por mencionar las más extensas,  solo cuentan con una de esas guaguas y en ocasiones rotas, por lo que a esas zonas mayormente se destinan los taxis ruteros de igual inefectividad al no pasar su capacidad de 10 personas, aunque indisciplinadamente, en momentos por ayudar a la gente y en otros por ganar más dinero, sus choferes monten hasta 12.

Esos taxis aunque resuelven, atentan contra el bolsillo del simple trabajador. Si sacamos cuenta, un obrero que cobre un salario básico de 350 pesos, vive en el poblado de Boniato y todos los días tiene que estar a las 7:30 A.M en el trabajo, tiene que obligatoriamente coger un rutero: 3 pesos por 30 días da la suma de 90, sin contar el regreso.

A ese mal se le incrementa otro peor, que es el maltrato a esos medios, siendo la culpa, “no de la vaca”, sino del simple humano. El primer culpable es el pueblo que a pesar de necesitar de esos vehículos raya sus pinturas, le pintan nombretes y malas palabras, rompen sus asientos, sus puertas y los ensucian a más no poder; el segundo culpable es el chofer del mismo que no ve ese medio como propio y piensa que, esté como esté, le seguirán pagando un salario por manejarlo, no concientiza en la necesidad de cuidarlo, velar porque no se lo rompan, mantenerlo limpio y en buenas condiciones. Un coche en mal estado dicta mucho de su chofer o choferes y en general de su condición como ser humano; y el tercer culpable, por negligente, es el Estado que no vela porque los medios que ha puesto al servicio de la población estén en completo funcionamiento y en correctas condiciones. Negligente es el Estado al no crear un mecanismo eficaz que controle que esos choferes cuiden el medio de transporte, que la población no los maltrate y que su implementación sea el correcto.

Los inspectores que tiene el gobierno en la vía para controlar este problema, entre otros, no cumplen con su trabajo ya que el mal subsiste y se propaga; les hacen mayormente la guerra al particular que sí trata de mejorar su transporte para que sea de la preferencia de la población, y no paran a los choferes de los taxis ruteros, las guaguas o camiones estatales,  para inspeccionar el estado del mismo e imponer las multas pertinentes tanto al que esté rayando los asientos como al chofer que no estuvo pendiente del mismo.

Al final la culpa está compartida en tres que se convierten en uno: el pueblo que somos todos, el chofer que es parte de ese pueblo y el Estado que debe velar por él.

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