Confusión

Por Lianet Reyes Góngora. Periodista de Radio Angulo

El Hombre llegó a media tarde. Tenía la cara fresca de quien durmió toda la noche en una cama cómoda y un cuarto fresco y limpio. El Enfermo (su hermano) estaba dormido, “sedado por algunas horas”, dijo el Acompañante, quien después de algunos minutos de intercambio informacional comenzó a recoger algunas pertenencias y salió, dejando al recién llegado a cargo del resto de la tarde y la noche en el Hospital. Antes de irse le dio algunas instrucciones al estilo “no te duermas y mantente atento para que todo se cumpla como es debido”.

El Enfermo despertó alrededor de las seis. Saludó con una sonrisa al Hombre y en su cara reflejaba la satisfacción porque era su hermano quien velaría por él esa noche. Intercambiaron algunas palabras. Las suficientes para que el Enfermo se cansara y decidiera volver a dormitar.

Al cabo de un rato llegó la Enfermera para chequear el suero y el Hombre, como sentía dolor de cabeza (el viaje y todo lo demás), aprovechó para decirle:

-Señorita, ¿me podía facilitar algún analgésico? Tengo un dolor de cabeza horrible.

La mujer lo miró de arriba abajo como diciéndose: “¿Y este qué se ha creído que soy yo?”, y sin hablar salió para volver en unos minutos con unas píldoras en la mano.

-Ahí tienes- y se fue.

El Hombre las miró y dudó un poco antes de decidirse. Pero el dolor era punzante. Se las echó a la boca y con un largo trago de agua le llegaron al estómago.

Pasó media hora, una, hora y media. El dolor no cesó y el Hombre comenzó a sentir náuseas. Al cabo de un rato decidió buscar a la enfermera y pedirle ayuda. La encontró cuchicheando con otras dos. Luego de las elementales reglas de educación formal, le dijo:

-Señorita, disculpe, pero el medicamento que me dio para el dolor de cabeza no me ha dado resultado.

-Hijo, tómate otra pastilla.

El Hombre quedó confuso:

-Ya lo hice.

-¿Cómo?, ¿te las tomaste todas? ¡No puede ser, si yo te di cuatro! ¿Y juntas?

El Hombre asintió asombrado.

-¡Ah, pero te volviste loco! ¡Corre, que hay que hacerte un lavado!

Inmediatamente se movilizaron unos cuantos profesionales de la salud. A la pregunta de qué había pasado la Enfermera sólo contestó:

-¡El loco este que se empastilló!

La noche se sintió un poco larga, larga. Al fin lograron estabilizar al Hombre y después de unextendido rato pasó de acompañante a paciente preguntándose qué había hecho mal. Lo peor vino al día siguiente. A eso de la una de la tarde pasó por su cama una especialista en Psicología preguntándole por qué había intentado suicidarse.

-¡Pero si yo no quise hacerlo!- gritó el Hombre.

-Entiendo- dijo ella, se viró hacia los estudiantes que la acompañaban, a los cuales daba clases, y expresó,

– Este es un síntoma muy común luego de un intento de suicidio: la negación.

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