¿Dónde está escrita “la política cultural” de la Revolución?

Originalmente publicado en CubaSí

Escrito por Yuris Nórido 

Se habla mucho de la Política Cultural de la Revolución Cubana como si fuera un documento redactado… Pero, ¿cómo se aplica, en que se sustenta esa política?

Mucha gente habla de la política cultural de la Revolución como si fuera un documento redactado, publicado y distribuido. “Esto o aquello tienen o no tienen que ver con lo que dice la política cultural de la Revolución”. Pero, ¿qué dice la política cultural de la Revolución?

Hace algunos meses, en un debate en la Asamblea Nacional del Poder Popular, algunos diputados exigían un documento que estableciera pautas concretas sobre el tema. “¿Cómo yo sé si algo forma parte o no forma parte de la cultura que queremos promover?” —preguntaba una diputada.

Para ella y para algunos de sus compañeros de sesión ese asunto debería estar conceptualizado en un cuerpo escrito, de manera que no hubiera espacio para vagas interpretaciones.
—¿Hay una ley que defina la política cultural del país? —me preguntó un estudiante de periodismo que estaba haciendo su tesis.
—Hay leyes que definen algunos aspectos de la política cultural.
—Pero, ¿hay una ley que sea precisamente la Política Cultural del país?
—No la hay.
—¿Tendría que haberla?
—No me queda claro.
Ni a mí ni a muchos, obviamente. ¿Hasta qué punto puede legislarse sobre la actividad creativa? ¿Qué ámbitos de la creación deben ser sometidos al examen público y estatal? ¿Se puede, se debe prohibir alguna expresión puntual en el área de las artes y las letras? ¿En atención a qué autoridad? ¿Cómo respaldar los derechos de los creadores?
Está claro: todos los ámbitos artísticos (en tanto ámbitos laborales y de desarrollo humano) deben contar con cuerpos legales que organicen, ofrezcan visibilidad y resuelvan conflictos circunstanciales con los entes del poder o con otros entramados sociales.
En Cuba, la Constitución de la República reconoce la libertad creativa, y todo el cuerpo legal defiende el derecho de los artistas a expresarse, formal y conceptualmente.
Pero, ¿quiénes establecen las jerarquías entre las disímiles expresiones? ¿Quién decide qué se promueve, quién necesita subvenciones, quién accede a los circuitos institucionales? ¿Es posible, de hecho, hacer arte de espaldas a la institucionalidad?
La tendencia generalizada es responsabilizar al Ministerio de Cultura con todo el entramado artístico y literario del país. Pero el Ministerio de Cultura no es “la cultura”, sino el ente encargado de garantizar el apoyo estatal a todas las manifestaciones artísticas, teniendo en cuenta sus aportes al conjunto de la sociedad.
El ministro de Cultura, Julián González Toledo, lo explicaba hace un año en una entrevista concedida al semanario Trabajadores:
“En Cuba está garantizada la libertad creativa. Basta con ver lo que sube a los escenarios, lo que se publica, lo que se exhibe en las galerías. La realidad de este país es muy compleja. Y esa realidad, con todos sus matices, está en la escena. Los artistas están cubriendo un espectro amplísimo, desde una notable altura conceptual, estética, metafórica… El arte no es un ente meramente decorativo; es transgresor, irreverente, polémico. Puede llamar la atención sobre determinadas situaciones. Claro, no tiene por qué darle soluciones a esos problemas. La mayoría de los escritores y artistas cubanos hacen un arte comprometido con su realidad y con el pueblo. Y las instituciones los acompañan, no diciéndoles lo que tienen que hacer. De encauzar, de mostrar caminos en la creación debiera ocuparse —se ocupa— la crítica artística y literaria. Es imprescindible que exista más crítica en todos los medios. Nos hace mucha falta”.
Pero la crítica (incluso, la insuficiente crítica con que ahora contamos) puede mostrar caminos, pero no imponerlos. Y tampoco tiene “la autoridad” para establecer pautas inamovibles.
Es que hacer arte y literatura, está claro, no es como fabricar ladrillos.
Eso que llamamos Política Cultural de la Revolución Cubana en principio asume y reconoce lo mejor del acervo nacional. Tiene, si se quiere, un momento primordial: las celebérrimas Palabras a los Intelectuales pronunciadas por Fidel Castro en 1961.
De hecho, muchos funcionarios y artistas asumen que ese discurso es el documento fundacional (y base) de la política cultural revolucionaria.
El Ministerio de Cultura tiene una responsabilidad, pero la aplicación de la Política Cultural no le compete solo a esa instancia y su sistema institucional. Las organizaciones gremiales —Unión de Escritores y Artistas de Cuba, Asociación Hermanos Saíz…— tienen también claros cometidos. Y en definitiva, todos los que hacen arte en Cuba están “incluidos” en esa política. Incluso los que no acceden a circuitos “oficiales”.
Nadie por sí solo establece jerarquías. Es un proceso en el que influyen numerosos actores y circunstancias. Lo que debe estar claro es que la cultura es el sostén de la nación. Y no puede ser asumida desde posiciones tecnocráticas o mercantilistas.
Que se legisle, sí, para garantizar la supervivencia del arte como entramado imprescindible de la sociedad. Pero nunca para establecer límites artificiales o burocráticos.

 

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