¿Hasta dónde llegan los veinte centavos?

Por Karolina Alonso

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Allí estaba yo, él me dio el último. Cuando llegó la guagua los dos fuimos para el mismo lugar, una de las puertas de salida. Desde esa posición ya sabes lo que te espera, los empujones; la gente que se queda te quiere llevar con ellos, en fin, esa es una de las peores posiciones; pero qué hacer cuando la guagua está llena y ningún hombre te da el asiento. Si difícil es estar en la puerta de salida peor es cuando estás al final de la guagua y al querer correrte para bajar, los demás no te dejan llegar a la puerta. Pero bueno, este no es el punto.
La historia es que desde esa posición también puedes ver quiénes son las personas que montan por detrás y no pagan los veinte centavos, allí estaba él, allí estaba yo viéndolo y escuchándolo todo.


Antes de que todo ocurriera se montaron los dos primeros personajes, andaban con una botella que contenía ron y venían, como mismo dijeron ellos, “dándose los tragos”; ciertamente la entrada por la puerta delantera fue imposible, aun cuando el medio de la guagua estaba vació; pero ellos no pasaron los veinte centavos, aunque se mantuvieron callados. La cosa se puso fea cuando en otra parada otros dos muchachos hicieron lo mismo con la diferencia de que estos sí hablaron:
-Pa´ que vamos a pasar los veinte centavos si eso se queda en el camino, eso no llega a la alcancía.
El señor que junto a mí venía sentenció:
-Disculpa pero tú lo que no quieres es pagar los veinte centavos.
-Viejo eso no llega allá, la gente se lo coge.
-¿Veinte centavos? no chico no, antes de que ustedes montaran ya otros habían montado por aquí y pasaron los veinte centavos, no somos tan miserables, los veinte centavos sí llegan. Dale, dame la peseta, yo la paso.
Los jóvenes le dieron el dinero que poco a poco llegó a la alcancía pero los otros dos, que no pagaron, dijeron:
-Oye, no pase na´ que eso no llega.
-Yo pagué un peso y no me devolvieron vuelto.
El señor no dijo nada esta vez, aunque fue mejor así. A los malcriados y problemáticos no se les toma en cuenta. En nuestra sociedad no solo tenemos que lidiar con inconscientes a los que hay que hacerle conciencia sino también con inconscientes que no tienen remedio y quieren contagiar a otros con su enfermedad.
Recordemos que aunque el ministerio de trasporte tenga innumerable deficiencias, el pago del servicio es un deber social, que sirva la historia para un llamado a los que incurren en indisciplinas como estas.

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