MIRAR(NOS): Sin miedo a volar

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Tomado de Cuba Sí

El hombre se descubre a sí mismo cuando se enfrenta a los obstáculos.
Antoine de Saint-Exupery

 

Incluso con los ojos cerrados, siempre es más fácil desandar el camino conocido. Premoniciones que nunca llegamos a comprobar nos hacen suponer que es mejor quedarnos en status quo antes de probar algo nuevo. Estructuralmente, tememos al cambio, y a lo largo de todas nuestras vidas ¡tantas veces miramos con recelo al pasado pensando en lo que pudo haber sido!

 

Seguramente Ud como yo conoce personas para quiénes los años pasan y prefieren callar, tragar en seco, so pena de encontrarse al final de la vereda algo mucho peor que su realidad más inmediata. No me circunscribo a las relaciones sentimentales porque también ocurre en centros de trabajo, en la vida en su conjunto.

 

Y hay gente que vive en estado zen. Sumidos en su miseria, no levantan la vista para mirar a su alrededor. No lo hacen por orgullo, el orgullo quizás pudiera estar justificado. Se quedan allí, en una esquina de la oficina sin interferir en lo que no les concierne directamente porque hasta los huesos les carcome la peor de todas las epidemias: el temor.

 

La gente tan reducida a la menos nada no decide ni el menú de lo que se come en su casa. Algunos terminamos por adaptarnos a esa limitación de pensamiento-acción, pero atormenta su mute descontrolado, pareciera indolencia aunque absolutamente: no lo es.

 

En este mundillo terrible de preguntas, respuestas, de sofoco perenne tras una primicia es absolutamente normal que las catarsis lleguen a modo de crónicas o de cualquier otro de los géneros interpretativos. Peor entonces cuando la rutina se vuelve motor impulsor o la única posibilidad de recarga.

 

Malo entonces que no funcione como el saldo del móvil, no nos llega doble lo que dejamos pasar. Simplemente pasa, la vida también y nos quedamos boquiabiertos ante su tic-tac destructor e indetenible.

 

El hombre, en su sentido genérico y resultando un poco paradójico, es animal de costumbres. Lo es, incluso desde la época en que la casa era la caverna y no se hacían preguntas sobre lo correcto o lo incorrecto. Luego, el más periodista de todos, empezó a pronunciar arengas, exhortar a la guerra primero sin motivos muy contundentes y ahí fue literalmente el acabóse.

Las colectividades terminaron por acostumbrarse a ir y venir… nadie preguntaba por qué y los pocos que se cuestionaban algo terminaron también por aclimatarse a las nuevas circunstancias.

 

Casi 2015 años después no ha cambiado mucho ese concepto. Lastimosamente, en todos los meridianos y paralelos de este mundo “tan cuadrado” la vida sigue igual a pesar de inconformes y renegados al cambio. Así pasa en todas partes, la gente se lo piensa a la hora del gran salto. Nadie tiene la culpa de tamaña cobardía y nos complacemos en la justificación mil veces repetida, de haber perdido ya nuestras cualidades de gacelas, cuando saltábamos sin miedo a la estrepitosa caída.

 

¿Antes la gente era más valiente? ¿El calentamiento global ha matado nuestros glóbulos del arrojo? Ninguna de las interrogantes anteriores tiene una respuesta positiva. ¡Qué pena! Ya nadie arriesga so pena de perder su status quo, garante de reposo absoluto aún en medio de la más feroz de las tormentas.

 

Algunos se cansan pronto, bajan banderas o enarbolan la blanca. Rendidos ante los embates implícitos en lo que se denomina existencia humana prefieren las cosas como están aunque les multiplique el tedio y las desganas de todo.

 

Por suerte, todavía quedan los que inspiran. En pequeñas cantidades se agrupan como hormigas, se huelen desde lejos, aquellos que emprenden el vuelo, aunque carguen con la cruz pesadísima de ser señalados por el resto.

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