TV Basura: «He dicho Caso Cerrado». ¿Será?

TV Basura: «He dicho Caso Cerrado». ¿Será? (+ VIDEOS)

 
Si bien prohibir nunca será la solución, instruir a la población en cuanto a cómo se engrasa la maquinaria de esa fábrica de manipulaciones y engaños que es la televisión basura, podría ser un paso inicial.

Una jueza con voz punzante expulsa una ráfaga de insultos. Frente a ella, una pareja se presenta buscando una solución legal a su «conflicto»: no logran decidir qué tipo de ropa interior debe usar su hijo. Mientras la madre aboga por unos bóxer anchos, el padre insiste en que deben ser ajustados; «tradición familiar», alega él, y a partir de ahí cada palabra pronunciada se vuelve más irracional que la anterior.

Es tan simiesca la escena vista en la pantalla, que dudo si tomarlo como una parodia y reír por lo ridículo de la situación, o sentir insultada nuestra inteligencia al vendernos como real tanto absurdo. Pero no fueron los agravios literalmente gritados por la doctora o aquellos padres discutiendo sobre calzoncillos lo que realmente me sorprendió: junto a mí, miraban el show dos personas, y ambas, con estudios universitarios y una cultura estándar, aseguraban la total veracidad de los acontecimientos mostrados por el reality.

Caso Cerrado es un programa de televisión que desde hace más de 10 años emite la cadena Telemundo para la comunidad hispana de Estados Unidos, aunque se puede llegar a ver hasta en una veintena de países. Tiene como característica principal lo exagerado, ridículo e inverosímil de los casos. El problema no es que le paguen a actores para simular o recrear argumentos ante una «doctora en leyes» llamada Ana María Polo, sino que muchas veces los propios figurantes no se acercan ni a los bordes de la credibilidad, al extremo de que no pueden aguantar la risa mientras exponen su caso.

Incluso la propia Ana M. Polo, el 4 de enero de 2008, concedió una entrevista al diario chileno La Tercera, donde declaró: «Muchos casos tienen que estar arreglados. A veces se usan personas diferentes, actores, para representar los acontecimientos».

El programa ha sido considerado el «hazmerreír de lo grotesco» por críticos televisivos de medio mundo, sin conseguir que la audiencia se resienta; al contrario, cuando se han publicado críticas a la emisión televisiva, la reacción de los televidentes se ha balanceado a favor del reality, el cual en los últimos tiempos ha ganado un espacio de aceptación en parte del público cubano.

En un país abierto a las influencias externas, como es Cuba, y donde los paradigmas tradicionales de consumo cultural se han redireccionado, debido al uso de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, emerge este show como la más completa alegoría de un marasmo intelectual. A pesar de ello, de imponer gustos o decirle a otros qué deben ver o no, es elección que le atañe a cada cual como dicta el libre albedrío, y por tanto, las obsesiones castradoras son infructíferas.

Las nuevas tecnologías nos encauzan hacia un campo desconocido y la pluralidad de ofertas ofrecidas por la era digital, donde ya no dependemos solo de lo transmitido por los canales de televisión nacionales, nos ponen en la parrilla de consumo tantas opciones como intereses, ya sea en el ámbito del conocimiento, los servicios, el marketing, los audiovisuales. Entre estos últimos, hay algunos de sólida factura; otros, como Caso Cerrado…

No puede olvidarse que la mayoría de las actividades culturales y prácticas están siendo mediadas por el consumo, y  que el consumo progresivamente implica la apropiación y uso de signos e imágenes; pero no se debe demonizar cuestiones como el entretenimiento: el placer, el ocio, son tan válidos como la instrucción. No todo el tiempo necesitamos centrarnos en propuestas elevadas o cultas. Hay momentos que solo buscamos «desconectar» y reír con lo absurdo.

Entonces, si bien satanizar o prohibir nunca serán soluciones, instruir a la población en cuanto a cómo se engrasa la maquinaria de esa fábrica de manipulaciones y engaños que es la televisión basura, podría ser un paso inicial para desterrar actitudes pasivas en los receptores, y que estos sean capaces de absorber las más variadas propuestas con juicios críticos.

Para ello sería esencial partir de una educación inclusiva, capaz de otorgar las herramientas para valorar y enjuiciar toda la parafernalia que nos trae la industria cultural. Y luego, cuando fomentemos receptores críticos, cada cual sabrá hallar lo valioso entre la hojarasca.

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